Terapia para la gestión de emociones
La ira, la culpa y la vergüenza son las emociones que más cuesta llevar a consulta, porque a diferencia de la tristeza o el miedo, avergüenzan por sí mismas. Hay quien pide cita después de una reacción de la que no se siente orgulloso. Hay quien lleva años arrastrando una culpa que no cede por mucho que le expliquen que no era responsabilidad suya. Y hay quien viene porque tiene la sensación de estar conteniendo algo todo el rato, y teme lo que pasaría si dejara de hacerlo.
Ninguna de las tres es una emoción defectuosa. Todas cumplen una función. El problema aparece cuando llegan con una intensidad que no encaja con la situación, cuando no se van, o cuando se han vuelto la forma habitual de mirarse a uno mismo.
Cómo se manifiesta
Estallar por algo mínimo y no reconocerse después. Tragarse el enfado durante meses y soltarlo de golpe con quien menos lo merece. Sentirse culpable por descansar, por decir que no, por estar bien cuando otros no lo están. Repasar una conversación de hace días buscando en qué momento quedaste mal. Evitar situaciones para no exponerte a sentir vergüenza. Enfadarte contigo por haberte enfadado. O ir por la vida con la sensación de ser demasiado: demasiado intenso, demasiado sensible, demasiado para los demás.
Qué hay detrás
La ira suele ser una señal de que algo está siendo invadido: un límite, un espacio, un trato que no aceptas. Cuando se expresa a tiempo funciona como información útil. Cuando no hay permiso para sentirla, se acumula y sale mal — de forma desproporcionada, con la persona equivocada, o hacia dentro en forma de tensión, insomnio y síntomas físicos.
La culpa sirve para reparar lo que hemos hecho mal. Pero hay una culpa distinta, que no repara nada: la de quien creció sintiéndose responsable del bienestar emocional de los demás y sigue sintiéndose responsable de todo el mundo. Esa no se resuelve pidiendo perdón, porque no hay nada que perdonar.
La vergüenza es la más silenciosa. No dice "he hecho algo mal", dice "soy algo malo". Por eso empuja a esconderse, y por eso quien la lleva encima suele consultar por otra cosa antes de poder nombrarla.
Cómo lo trabajamos en Espai Equilibri
El objetivo no es que sientas menos. Es que puedas sentir sin que te arrastre.
Trabajamos con herramientas concretas de regulación, para que haya un margen entre lo que sientes y lo que haces con ello. Y miramos qué alimenta esa intensidad: qué situaciones la disparan, a qué se parecen, de dónde viene el permiso que no te das. Cuando hay experiencias antiguas sosteniéndola, utilizamos también EMDR.
Nada de esto pasa por convertirte en alguien más frío. Las emociones intensas suelen ir con gente que siente mucho, y ese no es el problema.
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