El vértigo del vacío

Cuando algo termina queda un hueco, y lo primero que hacemos es correr a taparlo. Hablamos del vértigo del vacío y de por qué sostenerlo, en vez de huir. Sentirlo te permite crecer.

Blanca Ferrer

9/1/20263 min leer

vacio existencial
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El vértigo del vacío

Termina una relación, o un trabajo, o una etapa. Y de repente hay un hueco. Un espacio que antes estaba lleno y ahora no. Lo primero que hacemos casi todos es correr a taparlo.

Llenamos la agenda. Quedamos con todo el mundo. Ponemos la tele de fondo aunque no la miremos. Cogemos el móvil sin pensar, mil veces al día, para no quedarnos ni un segundo a solas con eso. Empezamos mil cosas nuevas. Cualquier cosa con tal de no notar el silencio.

Y lo entiendo, porque el vacío da vértigo. Da miedo de verdad. Ese hueco tiene algo que nos remueve por dentro, como asomarse a un sitio del que no sabes lo hondo que es.

Pero aquí está lo que veo una y otra vez en consulta: cuanto más corremos a llenar ese vacío, más tiempo se queda.

Porque lo que hacemos al taparlo tan rápido es no dejarlo pasar. Lo tenemos ahí, debajo de todo el ruido, esperando. Y por mucho que lo tapemos con planes y pantallas y prisas, sigue estando. A veces se nota de madrugada, cuando por fin se hace el silencio. O un domingo por la tarde, cuando no hay nada que hacer. Aparece justo en los huecos que no hemos conseguido llenar.

El vacío no viene a hundirte. Aunque lo parezca. Viene porque algo ha terminado y hay que hacerle sitio a eso. Una pérdida deja espacio. Un cambio deja espacio. Y ese espacio, aunque duela, es necesario. Es el hueco donde luego crece otra cosa.

Pero para que crezca algo nuevo, primero hay que dejar que el hueco exista. Hay que poder estar ahí, aunque incomode. Sentir que falta lo que falta. No taparlo, no distraerse, no salir corriendo. Solo estar.

Y no es fácil, no te voy a engañar. Estar con el vacío va justo en contra de todo lo que nos pide el cuerpo, que es huir. Pero es la única manera de que ese vacío, poco a poco, deje de doler tanto y empiece a transformarse en otra cosa.

Porque el vacío bien sostenido no se queda vacío para siempre. Es más bien como la tierra después de arrancar una planta. Al principio parece que ahí no hay nada, solo un agujero. Pero es justo en ese hueco donde, con tiempo, puede volver a crecer algo. Si lo tapas de cualquier manera con lo primero que pillas, lo que crezca será a la fuerza, forzado, sin echar raíz. Si le das tiempo, lo que venga después vendrá de verdad.

En terapia trabajo mucho esto. No para que llenes el vacío cuanto antes, sino justo al revés: para que puedas quedarte con él sin salir corriendo. Para acompañarte mientras lo sientes, porque casi nadie sabe estar solo con su propio vacío, y hacerlo con alguien al lado cambia las cosas. Se puede sostener lo que a solas parecía insoportable.

Pasa algo cuando por fin te permites sentirlo; Que deja de dar tanto miedo, que descubres que ese vacío no era un abismo sin fondo, sino un espacio. Un espacio que un día ocupó algo, que ahora está libre, y que en algún momento volverá a llenarse. Pero de otra manera. Con algo que de verdad quepa ahí.

Si estás en uno de esos momentos, con un hueco que no sabes cómo llenar, quizás la cuestión no sea llenarlo deprisa. Quizás sea aprender a estar en él un tiempo. Y eso, que suena tan sencillo y es tan difícil, es de las cosas con las que más acompaño en Espai Equilibri. No para que te libres del vacío, sino para que puedas atravesarlo.

Con cariño,
Blanca — Espai Equilibri

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