El trabajo con la compasión

Qué es la autocompasión y por qué nos tratamos peor a nosotras mismas que a cualquier persona querida. Claves desde la terapia para empezar a cambiar esa relación.

Blanca Ferrer

8/7/20264 min leer

El trabajo con la compasión

"Es que soy un desastre"

Esta frase la escucho constantemente en la consulta. La gente lo suelta casi de pasada, después de contarme algo que le ha salido mal. "Es que soy un desastre." "Soy una vaga." "No sirvo para esto." Y lo dice con total naturalidad, como quien constata un hecho.

Sin darse cuenta de que se está poniendo una etiqueta que no le pondría a nadie más.

Esa manera de tratarse viene de lejos. De muchos años aprendiendo que exigirse era la forma de hacer las cosas bien, que había que apretar los dientes y tirar. Que si te tratabas con demasiada suavidad te ibas a acomodar.

Así que primero nos exigimos, luego nos machacamos por no llegar, y encima nos juzgamos por machacarnos. Tres capas de lo mismo.

La autocompasión tiene mala fama. Cuando la nombro en consulta hay gente que arruga la nariz. Les suena a autoindulgencia, a buscarse excusas, a darse una palmadita en la espalda para no cambiar nada. Y lo entiendo.

Pero no va de eso. Tratarte con compasión es hablarte como le hablarías a alguien que quieres. Nada más. Aunque para casi todo el mundo resulta muchísimo más difícil de lo que suena.

Piénsalo un momento. Si una amiga te llama hecha polvo porque ha metido la pata en el trabajo, no le sueltas "normal, con lo desastre que eres". Le dices que respire, que a cualquiera le pasa, que ya lo irá arreglando. Le hablas con cariño casi sin pensarlo.

Y sin embargo, cuando la que mete la pata eres tú, el tono cambia por completo. Se vuelve seco, cortante. Mucho más severo de lo que serías nunca con otra persona.

Aquí es donde mucha gente se resiste. Tiene la sensación de que si deja de exigirse se va a venir abajo, de que la autocrítica es lo que la mantiene en pie. Pero lo que veo va justo por el otro lado.

Las personas que se tratan con amabilidad cuando fallan no se vuelven más flojas ni menos responsables. Se levantan antes. Aprenden mejor de lo que ha pasado, porque no se quedan atrapadas dándole vueltas al mismo reproche. Machacarte no acelera nada. Casi siempre lo que hace es frenarte, porque una parte de tu energía se va en pelearte contigo en vez de en resolver lo que sea.

Y cuando ese diálogo interno es muy duro durante años, se nota. Aparece la sensación de no dar la talla nunca. De estar siempre en deuda con una misma. Un cansancio de fondo que arrastras aunque hayas dormido bien. A veces también el bloqueo, ese "para qué lo voy a intentar si total me va a salir mal".

Llega gente a consulta justo así. Personas muy válidas, muy comprometidas, que llevan años funcionando a base de exigencia y en algún momento tocan techo. No porque sean débiles. Porque vivir siempre apretando tiene un precio, y tarde o temprano se paga.

No hay una técnica mágica para esto, y no te la voy a vender. Pero sí hay algo por donde se empieza casi siempre: prestar atención a cómo te hablas.

Sin más. No para juzgarte también por eso, que sería seguir en el mismo bucle. Solo para enterarte. ¿Qué te dices cuando algo te sale mal? ¿Con qué tono? ¿Le hablarías así a alguien a quien quieres?

Algunas personas, con solo hacer ese ejercicio, ya notan algo. Porque cuando empiezas a escuchar tu voz de dentro como si fuera la de otra persona, muchas veces te llevas un susto al ver lo dura que es. Y a partir de ahí, con calma, se puede ir cambiando. Con la misma paciencia que tendrías con alguien que está aprendiendo algo que le cuesta.

Aunque aquí hay que decir algo importante. Casi todo el mundo, si le preguntas, sabe cómo debería tratarse. Sabe que no tiene sentido machacarse, que a una amiga no le hablaría así. Lo sabe. Y aun así se sigue tratando mal.

Porque una cosa es saberlo y otra muy distinta es sentirlo. El conocimiento por sí solo no cambia gran cosa. Puedes tener clarísimo en la cabeza cómo deberían ir las cosas y seguir reaccionando igual que siempre. Lo que de verdad mueve algo por dentro no es entenderlo mejor. Es vivir la experiencia de tratarte de otra manera y notar, en el cuerpo, que se puede estar de otro modo.

Por eso en terapia no me quedo en explicarte cómo funciona esto. Busco que lo llegues a sentir. Porque es ahí, en el sentir y no en el saber, donde ocurre el cambio de verdad.

Una última cosa, para que no haya malentendidos. Tratarte con compasión no es hacer como que todo está bien cuando no lo está. No es negar que la has liado, ni el daño, ni lo que te toque asumir. Es reconocer todo eso sin echarte encima, además, un castigo que no le sirve a nadie.

Meter la pata, tener un mal día, no poder con todo algunos días: le pasa a cualquiera. Y tratarte bien en esos momentos no es premiarte por nada. Es dejar de ser tu peor enemiga justo cuando más te vendría tener a alguien de tu lado.

Si notas que la relación contigo misma va sobre todo de exigencia, y que no te hace bien, es de las cosas con las que más trabajo en Espai Equilibri. No desde la teoría, sino desde lo que te pasa a ti.

Con cariño,
Blanca — Espai Equilibri

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